-Si mata al guanaco se queda sin el poder de la piedra bezoar. Lo debe atrapar vivo, sacarle la piedra y dejarlo en libertad –dijo Martina.
-Y cómo podría atraparlo vivo? –preguntó Chikhachev.
-Con esto –dijo ella mostrándole unas boleadoras-. Es sencillo. Una vez que lo atrapa, le mete dos dedos en la boca. El animal suspira, sus ojos se llenan de lloros y, luego de una especie de nausea, larga la piedra. El secreto está en que la carne del guanaco ignore el filo del cuchillo y en que no lo tome a Ud. como a una bestia furiosa sino como a un algarrobo manso.
-Un algarrobo manso? Cuándo pensaba decirme todo esto? –preguntó irónico Chikhachev mirándo a Crenchudo-. Hay algo más que tenga que hacer? No sé, convertirme en caracol o en tatú carreta?
-Si -dijo Martina con tono de fuga de agua-, hay algo más. Es importante que no haya palabras. Solo piel y contacto. El contacto ordena esta ceremonia. Deberá practicar este acto a costa de que sus ojos carezcan de recuerdo. Debe borrar toda experiencia previa y colocar en una vitrina cualquier evocación que amenace.
-No entiendo –dijo Chikhachev buscando explicaciones en el ya a esta altura ausente de la escena Crenchudo-. Pero..., y ahora qué se hizo Crenchud...
No pudo terminar la frase. Martina apoyó una mano pequeña y tibia en su boca. Chikhachev pudo ver como sus ojos negros mostraban el reflejo natural de la luna. El aroma de la jarilla se confundió con el viento y mostró una realidad desligada de la apariencia. Inevitablemente, como lo haría todo algarrobo manso, comenzó su aprendizaje. El contacto, saqueador de memorias, se impuso a los velos rezagados.
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lunes, 1 de marzo de 2010
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