Si bien donde ellos estaban brillaba el sol, habían decidido regresar. Unos pocos metros más arriba la cordillera llevaba dos días de viento blanco y todo indicaba que mañana todo iba a continuar igual. Crenchudo no se dejaba oír y Chikhachev aprovechó para escribir recostado contra una roca.
Masha, digamos que hoy estoy cansado de soñar contigo. Tanto he imaginado el acercarse de tu paso sofocado por la arena del desierto que ya no hay realidad posible. Inútiles tus labios que fueron los primeros labios. Inútiles tus ojos que fueron los primeros ojos. Hasta el fantasma de tu humedad ha sido absolutamente desecado por el soplo de este lugar. No me importa que tu perfil me espere agazapado detrás de aquél algarrobo, las ortigas que crecen a la sombra de sus hojas han deshecho mi deseo. Mis brazos se dejan caer cansados de abrazar una sombra deformada que...
-Doctor –dijo Crenchudo mientras Chikhachev hacía un bollo con el papel que estaba escribiendo y lo metía con rapidez en un bolsillo- vamos a tener compañía mientras bajamos al valle. Le presento a la Chapanay.
-Martina Chapanay –dijo ella estirando la mano- tanto gusto, doctor. Parece que la piedra bezoar no quiere que la alcancen.
-No soy ningún doctor –dijo Chikhachev encandilado por el sol mientras apretaba esa mano pequeña, áspera y firme.
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sábado, 20 de febrero de 2010
Tenemos compañía
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